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el cuartito

El cuartito
- Entonces quiere que añada un torreón -
respondió el arquitecto.
- No, no –renegaba Juan Manuel después de una
larga mañana ante planos y dibujos de su nueva casa- los torreones son al
exterior y este cuarto ni siquiera tenía ventanas.
- Bueno, pero, ¿tiene algún plano, alguna
fotografía que me pudiera facilitar? - pidió, ya mostrándose cansado.
- No, no hay nada. El bisabuelo fue
construyendo la casa como se le iba ocurriendo y según tenía dinero, por eso
quedo tan dispareja.
- Entonces ¿cómo quiere algo así? Si no logra
explicarme con detalle como era esa habitación no podré diseñarla. Quizás, si
hablara usted con su hermana, me la podrían describir de manera detallada. Yo
me tengo que ir. Qué le parece si nos vemos el próximo martes.
Nada más Juan Manuel quedó solo en su despacho,
su mente vagó con nostalgia por el recuerdo de la casa que había construido el
bisabuelo Braulio. En el círculo familiar afirmaban que había sido su falta de
experiencia como constructor para no decir que fue resultado de otra de sus
excentricidades la construcción de esa habitación. La tía Ana explicaba que
había pensado en un escondite para proteger los valores de la familia y la
honra de las niñas de la casa durante las revueltas de esa época. Si ya para entonces
estaba más pobre que un perro y nosotras más viejas que unas ratas, la corregía
su hermana. Pero el caso era que, a través un pequeño acceso desde el sotano y
luego de una incómoda escalera se llegaba a un reducido espacio en el segundo
piso de la casa. Las especulaciones sobre su origen o uso eran la discusión de
siempre cuando algún nuevo visitante conocía la casa. Pero, para la familia
Armendariz, ya no era tema de interés. Era sólo el cuartito redondo. Los
adultos se olvidaban de su existencia ya que los tres niños de la casa eran sus
únicos visitantes regulares.
- En el cuartito redondo fue donde encerraron a
la tatarabuela cuando se volvió loca - explicaba Juan - antes había una puerta
de hierro con una pequeña rendija por donde le arrojaban comida, ya que una vez
le arrancó tres dedos de un mordisco a una sirvienta, a Lupe, a esa de la que
tanto hablaba el abuelo.
Etelvina, ante la gran imaginación de Juan,
terminaba burlándose y no hacía caso de sus cuentos. Tomaba sus audífonos y se
encerraba a oír su música que cargaba a cualquier parte. En cambio, Antonio
ponía ojos de plato al oír aquellas narraciones. Callado vivía cada una de las
historias.
Tanta gente vivía en la casa que el pequeño
cuartito, sino hubiera tendio tan díficl acceso, podría haber servido como una
pequeña bodega. Las gruesas paredes que rodeaban a su escalera parecían caer
sobre los que osaban subir a ella. La robusta tía Paquita, por más que quiso,
nunca pudo conocerlo. Los niños la habían visto subir hasta que finalmente
quedó atorada donde la escalera se angostaba y hubo que ayudarla a bajar de
espaldas. Por eso sus usos sólo eran temporales como cuando Etelvina, de
adolescente, lo aprovechaba para esconder a algún novio que al cobijo de la
noche se escabullía a visitarla.
Ninguno de los niños profanaba el lugar dejando
objetos. Lo único que se acumulaba, además del polvo, eran los recuerdos de
cada niño. Pero cada uno compartía con él sus tesoros: Etelvina su música, Juan
Manuel sus revistas y Antonio, sus sueños.
El cuartito era la única habitación de la casa
sin electricidad. Solamente lo iluminaba la luz del sol, que a través de las
roturas del techo se filtraba como pequeños rayos. Para Antonio, la fantasía de
los amigos, que bailaban en partículas de polvo iluminadas, acompañaba su
soledad.
Juan Manuel siempre explicaba la utilidad del
cuartito, ya de grande y aparentemente bromeando, que servía para dos cosas:
para nada y para hacerse una chaqueta[1]. Era quizás por eso que en su
niñez se desaparecía por horas con su cuaderno escolar que escondía alguna de
sus revistas. Antonio, en cambio,
siempre lo había soñado como una torre, una fortaleza dentro de su misma casa
en donde encerrarse para convertir sus angustias en sueños.
Un día Juan encontró un artículo sobre una
extraña mansión en California. Esta casa había sido construida por la viuda del
hijo del inventor del rifle Winchester. Era una laberíntica construcción que
tenía puertas y escaleras que no llevaban a ningún lado, ya que una espiritista
le había explicado, a la señora Winchester, que moriría en el momento en que la
casa estuviera terminada.
Juan Manuel comentó el artículo a sus hermanos
y les explicó que la señora Winchester buscaba engañar a los miles de soldados
que al morir a manos de uno de sus
rifles, buscaban venganza. Etelvina, como siempre concentrada en su
música, no prestó mucha atención. Pero Antonio, sin duda, entendía a esa
extraña mujer.
Al principio los tres hermanos subían juntos a
jugar. Pero sin decir nada, al ir creciendo se separaron. Había un acuerdo
tácito de respetar sus momentos. Era la manera en que, sin decirlo, compartían
su soledad.
Antonio dormía con Juan Manuel, y el cuartito,
entonces, era su único refugio
donde alimentaba sus deseos y su soledad. No era necesario conversar con las
paredes, ellas lo entendían y le daban refugio, así, sin preguntar. A
diferencia de sus hermanos, tan molestos y ruidosos.
Juan Manuel y Etelvina siempre que podían
mostraban el cuartito a amigos y novios.
Antonio, en cambio, subía solo. En ese pequeño espacio podía ser él
mismo sin ventanas para escapar.
Así pasaron su niñez los hermanos, Etelvina se
casó joven resultado de las escondidas de algún novio. Mientras que Juan Manuel
se cuidaba más cuando, con cualquier pretexto, mostraba a sus muchas amigas el
cuartito y allí permanecía por horas. Aunque con Patricia fue diferente, sólo
ella supo apreciar el tesoro que allí se encerraba. Pronto los libros de
poesías sustituyeron a las revistas. En una noche de soledad, el cuartito
sirvió como custodio de una promesa. Juan Manuel grabó en el marco de su puerta
tres letras: P y J. Antonio disfrutaba, a solas, la alegría de su hermano pero
siguió protegiéndose en su cuartito redondo. La curvas paredes no podían
lastimarlo con sus esquinas, no había rincones para que sus sueños se
ocultaran. Quizás eran iguales: pequeños y sin utilidad aparente, pero
enigmáticos y llenos de ilusiones.
Ahora, no recordaba Juan Manuel que fue
primero, si el día cuando sus padres les explicaron que se mudarían ya que la
casa tendría que ser derruida o cuando descubrieron en el cuartito el cuerpo
sin vida de Antonio. No hubo muchas explicaciones en la familia, de todas
formas habían asegurado los doctores que los niños como Antonio no vivían
muchos años Sin pensarlo y antes de ver desaparecer la casa, Juan tomó sus
veinte años y salió a recorrer el mundo. Después de varios años regresó a
cumplir una promesa. Patricia lo estaba esperando. Había un testigo y, aunque
no estaba más en pie, mantenía un juramento que debería ser cumplido.
Juan Manuel despertó de sus pensamientos cuando
sus tres pequeños hijos llegaron peleando para ver quien sería el primero en
avisarle que la comida ya estaba lista. Quería que sus hijos tuvieran un
cuartito redondo como él y sus hermanos, y por eso no entendía que un
arquitecto le dijera que fuera imposible construirlo.
JR