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Esquites en Estambul (la historia)

Esquites en Estambul
(historia original)
Tras una sutil tregua, el viento resopla sobre el Bosforo, toma energía sobre ese gran espacio abierto y, con su insensante necedad de agujas, remata contra el mercado de Kadikoy. El joven kurdo se refugia en el espacio que forman los muros de dos edificios pero las tuberías del desagüe son demasido frías para que repose allí su espalda. La imagen del joven arrinconado por el frío resulta ya cotidiana para los visitantes regulares del mercado. Ese aire desvalido le hace lucir como un santo en su nicho. Cual si quisiera consolarse se abraza y se permite tiritar un momento, luego estira la mano hasta el carrito con su mercancia, la coloca junto al fuego: apenas una tenue flama azul que conserva el maíz listo para la venta, y se frota en el estómago el calor que ha logrado reunir en su palma.
El gobierno insiste una y otra vez que todo está mejorando, que ya se han vuelto europeos. No lo entiende pues el ferry sigue cruzando cada día de la parte europea de la ciudad a la parte asiática. Cuando se anuncio la entrada a la Unión Europea hubo festejos por las calles, pero el estado de ánimo de todos cambío nada más empezaron a recibir unos cuantos euros a cambio de sus liras.
Los días fríos elevan la venta pues siempre ayuda un poco de comida caliente pero, en cambio, el viento, como hace con los veleros, aleja a los clientes y, sólo con la llave del gas al máximo se sostiene la flama encendida. Así el tanque dura la mitad del tiempo y no entiende por qué, aunque el precio del combustible cuesta menos euros que liras, es más difícil pagarlo. Nadie deja de queharse que todos los precios se han duplicado. Aunque puede calcular rapidamente el precio de sus ventas y nunca se equivoca con el cambio, no entiende eso de la nueva moneda. Sólo percibe que ahora debe trabajar más duro y pasa más hambre y frío. De nuevo lleva las manos a la flama y se abraza. No debe dejar que el frío penetre hasta los huesos pues en ese caso no aguantará más tiempo en la calle, y ni siquiera ha completado la cuota para la renta del carrito.
Todos se quejan del dinero. Hasta los turistas a quienes no les costaba trabajo desprenderse de unas liras, ahora cuentan con cuidado las monedas. Se supone que finalmente son una nación europea pero él se siente más pobre. Nació en Kadikoy y nunca ha tomado el ferry hacia el puerto, entonces ¿por qué tenían que traerle Europa con sus monedas que cuestan tanto trabajo ganar? Quizás ahora ya sea tiempo de emigrar a Alemania. Muchos lo han hecho y dicen que allá se gana buen dinero, aunque muchos se lamentan que allá la vida es otra. Pone los brazos de nuevo alrededro de su cuerpo y se talla las costillas. Con la moneda parece que también llegó su frío.

Se acercan un par de extranjeros, algo le dicen y, aunque no entiende las palabras, sabe que preguntarán por el precio. Señala la tabla donde se encuentran los tres tamaños de vasos, cada uno con dos números escritos, pero el más viejo, recuerdo de la moneda que los acompaño desde la fundación del país está tachado. El que vale es el otro, símbolo de modernidad, dictado de la nueva economía. Afilando el dedo índice, uno de los visitantes le señala el vaso más pequeño y luego eleva dos dedos en alto. De la parte baja del depósito, extrae dos vasos, levanta la tapa y siente cómo lo arropa una agradable nube de vapor que surge de la olla. Ya se había hartado de ese constante olor del maíz cocido pero desde que llegó la nueva moneda para él su propia mercancia se ha vuelto incosteable. Aspira profundo y con el cucharón agita los granos. Los dos turistas se acercan a la olla pues para ellos también resulta agradable ese conocido aroma. Observan el contenido de la olla. El brillante color amarillo del carrito y de la mazorca de plástico que publicitan su producto no miente. El vendedor exprime unas gotas de limón de un globo de plástico en forma del cítrico, tan artificial como su color. Agita generosamente un salero sobre la mezcla y lo entrega al primer turista quien inmediatamente lo prueba. Antes de darle oportunidad de que tome el siguiente vaso, le hace una rápida seña para evitar que lo prepare. El visitante cuenta sus monedas y paga el producto pues para ellos también el euro es una moneda cara. El vendedor regresa a su nicho y se consuela abrazándose esperando que el frío no le cale hasta los huesos.Archivo fotográfico