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México atrapado en el ciclo de su historia.

México atrapado en el ciclo de su historia.
La rueda de la vida no para nunca de girar. Los aztecas celebraban el comienzo cada cincuenta y dos años: destruían todos sus cacharros, y después de los cinco días perdidos en que renacía el sol comenzaban de nuevo la vida. En México seguimos atrapados en esos ciclos: desde la fundación del partido oficial, el sexenio se ha vuelto medida de nuestra vida, nada más cambiamos de tlatoani se destruye todo lo hecho por los anteriores y como hacían los farones egipcios, el nombre del ungido se rescribe sobre el de los anteriores. No nos ha quedado más que resignarnos y sucumbir ante el peso de la historia.
Desde su nacimiento como nación, los comienzos de siglo han deparado a México una gran guerra: en 1810 la independencia, 1910 la revolución y ahora la guerra contra el narco. La pacificación de los dos primeros conflictos comenzó en la siguiente década y esperemos que sea lo mismo ahora.
Los planes, conflictos y guerras posteriores a la revolución comenzaron a apaciguarse gracias al poder militar y la estabilidad política que se consolidó cuando un solo partido fuerte controló cada uno de los puestos de elección a todos los niveles: municipal, estatal y federal, y con ello la designación de ministros, magistrados y titulares de organismos y comisiones. En los tiempos del PRI no había oposición al presidente y tampoco a ninguno cuyo poder emanara del líder máximo del país. Cada año se organizaban marchas, desfiles y celebraciones para refrendar la lealtad al ejecutivo. Aunque paró durante la breve transición “democrática”, el besamanos ha vuelto junto con los informes presidenciales. Los militares han vuelto a desfilar para conmemorar la independencia y jurarle lealtad al presidente quien los saluda desde el Palacio Nacional. Los caciques de todas las regiones del país, todos miembros del partido oficial, movilizan sus cuadros hacia el Zócalo a cualquier llamado del líder máximo.
Durante el gobierno de Miguel Alemán, cuando se consolidaba la industrialización del país, y el gobierno invertía en grandes obras, comenzó la exaltación del capital nacional. Con la consigna de la creación de puestos de trabajo en el país, se dictaron políticas de sustitución de importaciones y se favoreció al capital nacional, aunque la misma historia ha demostrado que los capitales no tienen lealtades, ni nacionalidades. Si alguien producía algo en México, se cerraba la posibilidad a cualquier otra competencia. Así surgieron grandes y poderosos monopolios, oligopolios y carteles, muchos de ellos todavía existentes y que siguen manteniendo su posición de privilegios. Por ejemplo, IUSA, fundada en 1939, desde sus orígenes sigue siendo el proveedor casi monopólico de medidores para la industria eléctrica. En esa época de prosperidad surgieron grandes constructoras nacionales que se presumían internacionalmente. ICA, TRIBASA y Bufete Industrial, como Odebrecht, construyeron obras en toda Latinoamérica. Los grandes consorcios empresariales como Grupo Alfa dominaban la economía. Todos eran orgullo nacional y todos tuvieron que ser rescatados de la quiebra con el dinero de nuestros impuestos.
Actualmente se repiten las condiciones posteriores a la revolución. Los caudillos controlaban batallones del ejército y por ello el gobierno central requería su lealtad. Ahora, su fuerza radica en los cárteles del crimen organizado que los apoyan y el gobierno central sigue considerándolos como aliados. A partir de la revolución los militares habían tomado el poder. Desde el asesinato de Francisco I. Madero, todos los políticos poderosos habían pertenecido a las fuerzas armadas y aunque hubo un par de presidentes civiles, detrás estaba siempre un general.
El ing. Pascual Ortiz Rubio sería el primer presidente emanado del flamante Partido Nacional Revolucionario, pero el poder detrás, durante esta etapa llamada el Maximato, seguía siendo un general. Sólo otro militar logró que el general Plutarco Elías Calles cediera el poder. El general Lázaro Cárdenas gobernó con una conciencia social pero también mantuvo los privilegios de muchos militares. El presidente Cárdenas transformó la creación de Calles en el Partido de la Revolución Mexicana que posteriormente, convertido en PRI, permitiría el regreso de los civiles al poder.
Ahora parece que de nuevo el único camino a la pacificación sigue siendo someternos al poder a los militares y permitir el establecimiento de una única organización política todopoderosa. El reto sería consolidar mecanismos de control que paradójicamente están siendo imposibles de mantener ante un poder de esa magnitud.
Lamentablemente, apenas llegaron los civiles a la presidencia abusaron de los privilegios y consolidaron un sistema clientelar que les permitió mantenerse en la silla por setenta años pero no por ello se dejó de construir infraestructura (a altísimos costos) y se crearon instituciones y empresas como el IMSS, PEMEX y la CFE que en su momento fueron motivo de orgullo y ahora se encuentran pauperizadas y explotadas al máximo.
La historia se repite pero de una manera más vertiginosa. La segunda guerra mundial favoreció la industrialización de la nación llevando a un periodo de crecimiento constante (el desarrollo estabilizador). Otra vez padecemos una guerra mundial y aunque las bajas suceden en un solo territorio, las naciones están siendo obligadas a tomar partido. La posición de México resultó estratégica durante la gran guerra y ahora vuelve a serlo para la producción que Estados Unidos y sus negocios requiere. Se dan cuenta lo frágil de su posición mientras la mayor parte de los semiconductores y componentes electrónicos sigan siendo fabricados en Asia. La industria automotriz durante la pandemia experimentó problemas de suministro de estos importantes componentes. China, aunque no de manera abierta, ha tomado posición con Rusia y mantiene una posición hostil contra Taiwán que produce más del 50% de los semiconductores del mundo, por lo que en caso de conflicto China podría cerrar sin mucha dificultad ese suministro. Sin duda resulta estratégico para el líder mundial acercar las fábricas de componentes a su frontera explotando mano de obra barata con regulación laxa y con presidentes dispuestos a doblarse nada más lo requieran. Negociar con la oligarquía priista nunca le resultó difícil al gobierno y a las empresas de Estados Unidos, y aunque no hubo una dictadura de un hombre como sucedió desde nuestra frontera sur hasta la Patagonia, la guerra sucia con presos políticos y desapariciones garantizó una estabilidad “anticomunista” bajo una oligarquía comandada por un monarca que heredaba el poder cada seis años.
Los gobiernos de PRI y sus ideólogos siempre supieron adaptar su discurso a las necesidades del momento y aunque sus acciones llevaban a lo contrario, exaltaron la protección del menos favorecido, el combate a la corrupción y la defensa de la tierra. El PRI, para asegurar su cohesión, siempre fomentó una posición nacionalista casi fascista y también protocolaria hacia los símbolos patrios y la investidura presidencial. Desfiles, marchas y besamanos mostraban la lealtad hacia el líder máximo. El priismo supo reunir en sus filas a intelectuales, ideólogos y periodistas que le daban un cierto sustento ideológico a sus gobiernos que se legitimaban cada periodo con espectaculares detenciones de políticos que había mostrado deslealtad al régimen pero que realmente eran en presos políticos que al final siempre recuperaban sus bienes. A pesar de los abusos que podrían estar sucediendo internamente, los presidentes enarbolaban la moral, las libertades y la justicia, y así alzaban la voz en los organismos internacionales. Luis Echeverría, señalado como autor de las terribles represiones de 1968 y 1971, presentó ante la ONU su propia guía moral, una serie de principios de derechos de las naciones llamados la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados.
Todos los políticos mexicanos de más de cincuenta años, sin importar su filiación actual, se educaron en cómo hacer política en la demagogia del PRI.
Mientras el sistema del PRI funcionó, logró mantener bajo su control a los caciques locales. Gobernadores se veían obligados a renunciar a sus cargos por pactos políticos a nivel presidencial. Todos reconocían que había que alinearse con el presidente, pero gracias al sistema clientelar todos los que se alineaban se beneficiaban. Los políticos de alto nivel y las clases adineradas hacían negocios multimillonarios. Los golpeadores y acarreados profesionales, en el otro extremo de la escala, no sólo recibían dinero de sus organizaciones sino que ejercían con cierta impunidad cacicazgos locales. Los burócratas se jubilaban jóvenes, cobraban corruptelas y obtenían todo tipo de privilegios. Los periodistas (ahora convertidos en youtuberos) si elogiaban al régimen recibían el chayote de la nada regulada publicidad oficial y si lo criticaban sufrían censura, auditorias y hasta asesinatos. El sistema daba para todos, bastaba tener un conocido en el gobierno para beneficiarse de él.
Aunque no se respetaba a cabalidad, la constitución mexicana, seguía siendo vanguardista. Fuera por presión interna, internacional o incluso por buena voluntad, se fueron incorporado ciertos mecanismos de control y contrapesos que lamentablemente no fueron suficientes durante la transición cuando el PRI perdió el poder, y los caciques dejaron de ver al presidente como el cacique de caciques sino como una oposición.
Nuevamente en México se prevé una época de inversión que seguramente traerá cierta bonanza económica que seguramente sólo a través del sistema clientelar se transmitirá como beneficios a la población.
Durante el período priista se llevó a cabo la tan enaltecida expropiación petrolera que tuvo su importancia en la situación geopolítica del momento. Adolfo López Mateos hizo lo mismo con la eléctrica y López Portillo con los bancos, siempre poniendo por delante la bandera del interés nacional y la defensa del más pobre. Aunque muchas privatizaciones han favorecido a los oligarcas mexicanos (e.g. Telmex, TV-Azteca, la mina de Cananea, etc., etc.) los particulares y extranjeros no han podido adueñarse del negocio del petróleo y la electricidad. Las dos principales empresas del país, PEMEX y CFE siguen siendo prerrogativas del grupo político en el poder. Hasta resulta significativo que el actual director de CFE (después de PEMEX la empresa con mayor presupuesto) haya sido el secretario de gobernación que le entregó la presidencia a Carlos Salinas de Gortari.
El tiempo se ha vuelto vertiginoso y ahora existen condiciones similares a la mitad del siglo XX e inevitablemente el camino que estamos circulando para pacificar al país es la cesión del poder a los militares y a un partido único con un presidente todopoderoso con un gobierno basado en un sistema clientelar y de lealtades.
México sigue atrapado en el ciclo de su historia.